El genocidio de las áreas verdes

Gertrude Stein dijo:

Una rosa es una rosa es una rosa

Lo más curioso de las ideas originales es que no lo son. Brotan de una fuente visitada durante millones de años y el individuo bebe de ella, pero no es una fuente individual, que es como nosotros concebimos lo original: como único. Cuando Shakespeare dijo que la cuestión era ser o no ser, llegó a una conclusión manoseada y aprehendida por millones de seres, incontables formas vivas. Tal vez William fue el primero en expresarlo en nuestro lenguaje moderno; sin embargo  to be or not to be es una cuestión que debe de haber interesado a muchas criaturas, de todo tipo, antes de la época isabelina.

¿Piensan los árboles? Aquí habrá multitud de opiniones, siendo el pensamiento nuestra posesión más sagrada, no se nos ve tan dispuestos a compartirla con otros seres vivos. Sin embargo, si Descartes, otro que se encontró una perla en el camino, tiene razón al decir “pienso, luego existo”, existir es pensar y todo lo que vive lo hace en proximidad de un pensamiento básico o sublime que es la propia inteligencia de estar vivo. Como en un eterno vaivén, todos nos alejamos de esa idea y volvemos a ella, como la rama movida por el viento se acerca y se aleja de su tronco.

Sin embargo, nadie, por obtuso que sea, se negará a aceptar que un árbol es un ser vivo. Cuando este ser viviente se nos hace molesto –pues, por ejemplo, rompe las aceras–, se decide su eliminación. Debo ser justa, no es “eliminación” el concepto que maneja ese sector ambiguo que en las ciudades se nos da a conocer como “áreas verdes”.

En reciente comparecencia televisiva, el director de esa institución en esta ciudad que algunos gustan llamar San Cristóbal de la Habana, habló de “sustituir” aquellos individuos que, como el algarrobo, el ficus, el pino o el jagüey, tienen la mala costumbre, inadmisible en la comunidad urbana, de crecer inmoderadamente, resquebrajando las aceras y extendiendo sus ramas hacia cables y edificios. ¡Vándalos! ¡Irresponsables árboles! Solo por esto merecen morir; mejor dicho, según prometió el funcionario, ser sustituidos.

Serán, dijo, reemplazados por especies más pequeñas, como la majagua, de bellas flores y raíces, osaré decirlo, más convenientes. ¿Dudará alguien que actuar según las conveniencias sociales es muestra de inteligencia? Perdón, bromeaba. La majagua no es más inteligente que el pino; es solo menos molesta.

Para los seres humanos pensar es cuestión de palabras. Y de conceptos. El genocidio es uno de esos conceptos; si la palabra no miente, es el asesinato de una forma de vida. Las lechugas ¿son un pueblo? ¿Y las siguas, las polímitas, los caguairanes, dagames, cedros, perros, gatos, chivos? Cuando un pueblo está por desaparecer, aplastado por los requerimientos de eso que los antiguos poetas japoneses llamaron “el mundo flotante”, nos preocupamos. Por ejemplo, por las diezmadas tribus amazónicas. O cuando un pueblo, digamos los tibetanos o los sirios, padecen un desgobierno brutal, también nos preocupamos. Quiere decir que lloramos ante el televisor. Como lloramos ante cualquiera de las otras telenovelas.

Cuántos árboles deberán ser “sustituidos” en nuestras ciudades antes de darnos cuenta de que ese mecanismo de sustitución es el mismo que se aplica, día tras día, durante miles de años, contra todos nosotros, por aquellos cuyos criterios de fiabilidad, rentabilidad y viabilidad no son ni fiables, ni rentables ni mucho menos viables.

Hay un sinnúmero de vidas individuales; también hay una vida sola que es para todos la misma. Entre esos dos conceptos cabe mucho pensar y poco talar.

Posdata: Camino de la escuela de mi nieto, he visto una ceiba derribada. Cortada, tal vez, porque ocupaba el sitio de un futuro timbiriche. Mi amiga Elisa, que vive junto al encumbrado puente de Bacunayagua, me cuenta de alguien, no lo llamaré ni campesino ni agricultor, que por comprar terrenos se sintió dueño de la ley y echó abajo sesenta palmas para sembrar plátanos. Si, ya sé que las palmas no se comen.  Tal vez por eso las amábamos tanto, tanto como para considerarlas un símbolo de la libertad. En cuanto a la ceiba, diré como Gertrude Stein,

Una ceiba es una ceiba es una ceiba

Y, por lo  mismo, no se pué tumbar.

(Del libro inédito Agua en canasta)

Zen o no zen: la personalidad jurídica de buda

El que existan numerosas leyes y prohibiciones, el que esas leyes y prohibiciones no estén claras, ni con respecto a sus fines ni a sus principios o motivaciones, el que, por lo tanto, los custodios pretendan llenar el vacío de claridad con sus propias interpretaciones y acciones, todo esto implica, es más, hace necesario que el ciudadano o las libres asociaciones de ciudadanos precisen de una personalidad jurídica que los ampare ante las intervenciones del Estado en cualquiera de sus niveles o puestos recónditos. Ser no basta para poseer personalidad jurídica, hay que ser, según la ley, capaz de sustentar derechos y deberes. En otras palabras, ser responsable.

El budismo es un arte de ser responsable. No es El Arte de Ser Responsable, sino uno entre innumerables métodos para tomar responsabilidad ante la realidad, la naturaleza, la sociedad. En la jerga budista, esto sería “iluminarse” o “despertar”.

Ser buda no es cuestión de ser santo o dios. Ni es cuestión de tamaños, de fuerzas, ni siquiera de energía, productiva o espiritual. Es ser consciente de su realidad, finita e infinita, santo sin toga, aureola, ni milagros; dios sin altares ni devotos, hijo de la ley no escrita. ¿Cómo poner este ente a funcionar en el esquema de la ley sustentada en permisos y prohibiciones? ¿Cómo brindarle, o negarle, una personalidad jurídica?

Una manera de hacerlo, muy eficaz, es no responderle. Si el buda, para vivir en paz en una sociedad surcada de reglas, solicitara el derecho de asociarse con otros budas, se evitará a toda costa responderle de manera sencilla y transparente. No responderle, o responderle con evasivas, es recomendable; dilatar la indefinición hasta lo último puede descorazonar a cualquiera. Incluso a un buda.

También, con muy cuidadas indirectas, se le puede llevar a experimentar un cierto complejo de culpa: ¿Quién dijo que usted, sólo porque sea consciente y responsable, puede asociarse con otros seres afines, para administrar y poner en juego social los bienes comunes, materiales e inmateriales? ¿Quién le dijo que la Constitución es para que todos la interpreten de forma diáfana y directa? Si ella dice que la totalidad del pueblo trabajador tiene derecho a asociarse, según el espíritu de las leyes, no hay que interpretar que la totalidad del pueblo trabajador pueda realmente asociarse, según el espíritu de las leyes.

Que las leyes no son diáfanas ni directas, en este caso, viene al encuentro de un lector cualquiera, lego, buda o no buda, que quiera ensartar con el hilo del espíritu constitucional la aguja de las disposiciones reglamentarias. Se puede. No se puede. ¿Se puede? ¿No se puede? ¿Por qué no se puede?

He ahí un buen punto para que nuestro pequeño buda eche a rodar la rueda del dharma, como llaman en sánscrito a la enseñanza universal, la ley cósmica. ¿Por qué no se puede amparar una asociación budista zen en Cuba? El budismo zen es menos lucrativo que el turismo, pero también es mucho más barato. No necesita Dios. Es una práctica, no una doctrina. No representa gastos notables en combustible, no ofende el entorno, favorece el silencio y la austeridad.  ¿Será por eso que desentona?

Es posible que austeridad y silencio,  como adustas antiguallas que se suelen detestar en secreto y socavar en público, sean sinónimos de pobreza y falta de prestancia en el tiovivo de las oportunidades, en la pasarela de las demostraciones sociales. Silencio, autoobservación, meditación… ¿Quién puede necesitarlo en una isla tropical “en vías de desarrollo”?   ¿Qué necesitamos? Según algunos, necesitamos inversionistas extranjeros, aunque sean orientales. Pero quizás el zen es demasiado oriental.

Un dojo zen es el centro y único sentido de una asociación zen: una habitación para meditar, algunos cojines, un lugar para el incienso. Un dojo zen quema menos petróleo que un taxi y produce silencio suficiente para abastecer una ciudad. Sin embargo, según la comprensión económica corriente, esto no es suficiente para meritar el derecho de asociarse.

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Podemos inventar un Plan B, o plan búdico: el dojo puede funcionar como módulo cultural, para ello contará con la presencia de un número de asistentes. Ellos contarán a su vez con una variedad de posibilidades: la meditación zen, sentada o en movimiento (kin hin); el samu, trabajo voluntario, ya en los antiguos monasterios chinos se decía que el que no trabaja no come; la costura tradicional zen, la sopa zen, tal vez algún arte marcial que nos lleve a emular con aquel arquero, con aquel samurái… sin embargo los funcionarios son sagaces. No se dejarán convencer por tales repertorios exóticos. En realidad, aunque muchos funcionarios se sientan naturalmente inclinados a admirar los autos asiáticos, la cibernética japonesa, el modelo chino, o incluso el reiki, el sushi y el taichí, no está estipulado que deban sentir interés alguno por la meditación, menos aun si su origen es exótico.

Ahora bien, la meditación, ¿puede de alguna manera ser exótica?  ¿Hay que explicarla,  fundamentarla, justificar su necesidad con panfletos científicos o doctrinales? De ser así, no sería meditación; ninguna forma de meditación precisa de ser fundamentada o explicada, sólo practicada, y para hacerlo no debería ser preciso contar con ninguna forma de autorización. Por ello, si alguien decidiera abrir en su domicilio un espacio para la meditación zen, así como otros deciden abrir un restaurante, un gimnasio o un taller para arreglar autos, bastará con que  explique lo que tiene que explicar al neófito eventual, al potencial practicante. Redactar una justificación explicativa, o explicación justificativa para alguien que jamás mostrará el menor interés por forma alguna de meditación, es como enseñar a bailar por teléfono.

Y sin embargo, se hace; se redactan tales documentos o proyectos, se envían a las “instancias pertinentes”, cuya pertinencia no está en absoluto validada por experiencia o conocimiento práctico del asunto en cuestión, sino por el mero hecho de existir, para nuestra protección, para nuestro servicio, aunque en realidad se comporten como barones, o baronesas feudales a los cuales se propicia mediante pleitesías para que concedan sus favores.

Taisen Deshimaru  Y llegados a este punto, señor buda, ¿de qué le sirve a usted la personalidad jurídica? Cuentan que al morir el maestro Taisen Deshimaru, su viuda reclamó nada más y nada menos que la propiedad del templo que aquel fundara en Francia, con la cooperación de sus discípulos y de muchas otras personas. La comunidad de practicantes se las arregló para llegar a un acuerdo con la ambiciosa señora, accediendo a compartir con ella los derechos de publicación de las obras del difunto monje. Nada de esto hubiera ocurrido, si al morir el maestro existiera ya un testamento en favor de una asociación zen con personalidad jurídica, paso que los escarmentados discípulos se apresuraron a dar.

Es sólo un ejemplo. En la isla de Cuba, donde la comunidad de practicantes es como un niño cuyo tutor es el Departamento de Asuntos Religiosos, adjunto al Consejo de Estado, la falta de personalidad jurídica, no sólo estimula sino también justifica la resistencia, cuando no el rechazo, de custodios, administradores, policías y otros servidores del Estado que siempre se hacen la mismas preguntas: ¿Quiénes son ustedes? ¿A qué organización pertenecen? Preguntas claves que se hacen acompañar de otras no tan cruciales pero también inevitables: ¿Para qué se reúnen? ¿Quiénes son esos extranjeros?  ¿Por qué se visten así? ¿Por qué toman la sopa en güira? En fin, todo esto se evitaría con un mínimo de divulgación y la consabida personalidad jurídica. Aunque por otra parte, diría el buda, si viviéramos en una sociedad de personas conscientes y responsables, nada de eso sería necesario.

(Del libro inédito Agua en canasta)

(11)

Ahora que quedan más años en mi vida que narrar que páginas por ser llenadas, según las reglas de este tour de force, resumo y recurro a un tema astronómico, quise decir entre astrológico y anatómico: el accidente, lo supuestamente accidental.

Mi primer accidente grave recordado, pues el propio nacimiento humano es un serio accidente, fue la caída de un balcón a los once años; caí, caía por la ranura entre dos balcones cuando se interpuso, abajo, un niño que por allí corría y siguió corriendo tras la colusión con la cabeza partida. Accidente tan inusual que nadie en el barrio lo quería creer, salvo los testigos: otros niños. Y la madre de aquel, más que yo damnificado, me creyó agresor. Me fui al cine para disimular, con mi hermana y su novio Mario. Una película de aventuras, en colores; al terminar el filme apenas podía pararme.

Otra caída, de una palma joven que se partió por el peso del que trepaba sin cálculo. Me hizo entonces calcular, durante dos meses de inmovilidad reparando una vértebra, la vitalidad que existe en un simple gesto. Cagar, por ejemplo, me llevó nueve días la primera vez. Y cantar, más de cuarenta.

Hace años, un astrólogo, señor Novoa, me confió que los accidentes, en especial si llevan sangre, promueven un leve movimiento en la rueda kármica, tal como lo haría un sacrificio si se da el caso de que el implicado decide dejar atrás un cierto modo de vivir, modelos fijados en vidas anteriores, que a veces no son más lejanas que la semana pasada o el momento antes del accidente.

Jean Rostand ha dicho que el hombre no es el fruto de una voluntad lúcida sino “un accidente entre los accidentes”. Y esos accidentes pueden estimular una cierta lucidez de la voluntad; si por la aceleración de una bicicleta cuesta abajo hacia el mar no logro la curva deseada y me estrello contra poste de metal provocando fractura de cúbito derecho, descubro que la zurdidad de la que he sido privado desde la infancia es recuperable si existe una motivación suficiente. Por ejemplo, escribir poesía.

Por otra parte, la fractura llamada “del boxeador novato” puede ser la más humillante, pues el entendido reconoce la causa: la ira ejercida contra un objeto inerte, pared, puerta, ventana, descargo de una voluntad muy poco lúcida. Así regreso al fin del terapéutico principio que prescribe que no hay nada accidental y  pergeño estas décimas:

Cuerpo, somos sombra y luz

somos sombra luz y umbral

nervio, fémur, femoral

astronomía y testuz.

Miembro, menjunje y lombriz

águila y moco de pavo

ciencia, reguilete y rabo

donde funda la raíz

el buen esclavo:

el hombre, la mujer, el sol

el mar, la veteranía

trozo de soberanía

en un do re mi fa sol

de músculos invisibles

de árboles insospechables

de cuerpos insobornables

y océanos apacibles.

(10)

Hoy que Vicente ha muerto —no es un hoy abstracto, lo han sepultado ayer 11 de enero—, interrumpo cualquier otra remembranza para beber de aquel hecho cuyos animadores  llamamos “la casona”.

En la calle Línea, suerte de villa heredada de la republiquita, fungía la casona cual dependencia de la institución Teatro Estudio. Varias veces, a lo largo de los 90, Vicente y yo nos habíamos reunido allí para efectuar esa combinación de ritual, diálogo y fuma que él llamaba “trabajo”. Este apuntaba, por una parte, a un estudio de la relación tú-yo, meditación razonada (no siempre racional) acerca de las percepciones y emociones reciprocas; por la otra, hacia la improvisación de actor, ya en el plano de los desplazamientos físicos (pasos, relaciones espaciales, e incluso danzas), ya en el de los discursos o lenguajes: poemas, canciones, mantras.

En el 97, Vicente invita a trabajar allí a un escueto grupo de actores noveles y se va conformando un repertorio de solos entre los cuales destacaba, como motor y visión de lo que en aquel lugar se gestaba, la versión que realizara Alexis Díaz de Villegas de “El Trac”, de Virgilio Piñera. Los espectáculos abrían de noche en una atmósfera de vendimia (así conocí a la madre de mi primer hijo) y en la misma atmósfera cerraban con un aire mixto de tablao, rumba y manifiesto  poético, en el cual Vicente intervenía a modo de recogido maestro de ceremonias, en un ejercicio más bien introspectivo que espectacular.

Era otoño, había que organizar la fiesta. Vicente insiste en el sistema de guías que sirven de enlace entre su dirección (distante en lo profesional, íntima en lo profesional) y un variado grupo de participantes, donde priman los artistas “no evaluados”, como dicta la jerga administrativo-cultural. En el instante inicial, hace su entrada un elemento que  redondearía el sistema: el dojo zen de La Habana, en su itinerancia, pide aterrizaje en la casona, y aterriza.

El espacio principal, una sala rectangular, con un patiecillo de tejas sombreado por un canistel, se desdobla y multiplica. Al amanecer, zazen, meditación sentada. Tras retirar el altar y los cojines (o zafus), hay entrenamientos de actor (usualmente guiados por Alexis), talleres de música o danza, ensayos. Al final de la tarde, vuelve a montarse el dojo para el zazen de las 7 p. m. y solía desmontarse de nuevo para algún ensayo nocturno, espectáculo o performance, como aquel que se inventó Chung Gong, un pintor surcoreano que improvisaba con tinta y pincel al son de la percusión. El mismo espacio se abría a exposiciones de pintura o happenings y, a fines de año, a una sesshin (retiro de meditación zen) dirigido por el maestro Kosen Thibaut, quien había fundado el susodicho dojo el año anterior.

Esa habitación pasaba por ser nuestra sede dentro de la casona, sin embargo a veces nos estirábamos, como gatos sin dueño, hasta otras áreas y llegamos eventualmente a ocupar una antigua cochera, sitio ideal para otra faceta: si la sala rectangular servía para un cierto teatro “de cámara”, y allí se representaba “La  zapatera prodigiosa” de Lorca, la cochera asumió el montaje de un “Café Brecht”, combinación de poemas y canciones del referido, una brevísima pieza, “El mendigo, el emperador y el perro muerto”, más otras canciones nuestras y un ejercicio de verfremdung armado en torno al poema de Auden “Musée des Beaux Arts”.

Para definir este tipo de teatro basta la palabra espaciosidad. Vicente ya había alcanzado un cauto pero alegre abandono de casi todo caudal teórico y técnico para quedarse con un manojo de principios: sinceridad, espontaneidad, responsabilidad. Su labor se limitaba en buena medida a la de un observador excepcional, con un agudo sentido del ridículo. Era ya espejo, no director.

El sentido de la espaciosidad, que contagia acciones y pensamientos, dígase percepciones y juicios, contaminaba también al público, este dejaba de serlo para convertirse en un área difusa de energía receptiva. No existía el ortopédico lunetario, ni ninguna otra forma de predisposición espacial, salvo una y era dúctil. Una tarima rectangular de madera ubicada al centro, hacía las veces de mesa y escenario. Los asistentes circulaban entre nos, con nos se sentaban y consumían a la par de nos el pan y el té que se repartían mientras se entonaba una canción de Madre Coraje: “Mi capitán, detén tus tropas, deja a tus hombres descansar…”

Pocas veces vivimos algo semejante. Tampoco la mezcla combustible, en un mismo punto vital, de meditación e improvisación es cosa muy frecuente. Los sobrevivientes de la casona, que hemos sobrevivido, en lo físico, a Vicente, podemos sentirnos afortunados por ello. Por otra parte, ni su trabajo, ni el nuestro están cerca de verse terminados.

Antes de que ese año terminara, yo había dejado el grupo y cruzado la calle. En más de un sentido, pues el dojo zen se trasladó a otra casona en la acera del frente, perteneciente a otro grupo teatral que no hacía, ni hace, nada sustancial con ella.

Una de tantas casas vacías de sentido y de amor en un mundo donde tanta gente tiene que vivir sin casa. Pavese ha hablado de “atravesar la calle para escapar de casa…” ¿Escapaba yo? ¿Sí, de qué? De la perseverancia, tal vez. Forma común de escape del que se siente prisionero de su forma humana, dígase social.  Pero no dónde ir sino cómo ir es el asunto.

El paso de homo abilis a homo sapiens en los niños es lo que ocupa el principio y fin de la enseñanza, y tal vez el principio y fin de nuestra vida y a eso iba, habiendo sido engendrado nuestro hijo en aquel momento. Sin saberlo nosotros los padres. Y cómo iba sino como aquel que despeja una ecuación, desembaraza el camino de paja, pues ante un nacimiento todo es cero.

[La Habana, 12 de enero de 2012]

(9)

Lázaro vivía en las afueras de la ciudad, una de tantas, pues, ciudad, cuántos lados tienes. Bullía en su casa de familia, de árido patio, perro viejo y tres o cuatro arbustos, la paciencia de enseñar lo que sabía. Hombre mayor ya y cicatrizado, mas no anciano venerable. En edad laborable, chofer estatal.

Sostenía un espejo humeante y explicaré, no por antropología sino en lengua esteparia, lo que ello significa: paz al entorno y en el centro, vorágine. Guardián de prenda de Palo Monte, custodio de un azar sin dueño, Lázaro era y es hijo de Lázaro.

No dice de entrada lo que sabe, señala una cansina escalera de sueños. El poeta cree que es una materia más de la anciana poesía, habituado a la metáfora: coincidencia y disyuntiva de juicios. Pero Lázaro no juega a destiempo ni a deshora, ve la televisión, repara el auto que no es suyo, toma con calma el ron y la metáfora, y al final, como yo, como cualquiera, se embriaga y se acuesta.

Así, cuando derramo agua en su umbral, repara en ello y ríe “¿Artista?” Como que yo creyera que él no reparaba en lo que pudiera suceder en la puerta de casa, en el acto. Y conciencia del mismo.  Padrino, Tata Nkisi de un barrio llamado Las Cañas:

“Este tratado sí no te lo enseño”, me muestra la firma, el círculo de flechas en papel de estraza, con las manos embarradas de grasa de automóvil, o aceite de freír. Si lo veo chapear, con machete herrumbroso, piedras que crecen entre la yerba amarilla,

“¿Vas a sembrar ahí?”

“No, es para que el día de la fiesta de San Lázaro no tropiecen los bailadores.”

Igual, bailar Palo es como tropezar con lo invisible, pateando desde el fondo.

Un día, que empezaba la primavera, me notó impaciente. ¿Quién se apresuraba? ¿Yo o él? Me inició en Semana Santa: “No se debe, pero el Muerto dice que no hay mejor trabajo que sembrar en tierra prohibida”. Cada caso es una cosa y no hay ley que la funda. Su Muerto tiene cicatriz en el ojo de la vida, canta cuando tiene fatiga.

¿Detenerse, Tata? “Te voy a contar. Una vez quedé perdido en el llano, con carro y todo y tuve un sueño. Un sueño que desafiaba todo lo que era mío: La gozadera. Te digo que a veces es el cumplimiento lo que quiebra el hueso del hombre, pero es también el hueso del vivir”. Para variar, me dice “Siéntate”. Creí quería decir “asiéntate”, pero ya estaba asentado. Él comprendía que natura y meditación no son distintas, siempre encajar lo mismo en el hueso de las mismas cosas, lo diferente.

No le gustaba hablar de brujería.

(8)

Por su cumpleaños, cierto día mi madre me pidió que le regalara una visita, mía, a una santera, me rogó para que la santera me “rogara la cabeza”.

¿Era yo jovenagnóstico o padecía solamente de empacho mental? La corteza del ser, corrugada por los desechos inmemoriales del dios, del no menos polvoriento materialismo, histórico o concreto, más la llovizna del seudo-cinismo finisecular conformaron un fanguizal en la conciencia que, como perro del hortelano, no deja al pensamiento ni salir ni entrar.

Aquella señora, como para humillar mis convicciones, me hizo esperar más de una hora en una célula de creyentes habituales posados en butacones. ¿Habían dado ellos también pasos de un desencanto a otro, de una creencia a otra no menos exultante? Recibiome en su centro, entre flores y callados tambores. Su nombre de madrina era Mimí, de bautizo Higinia.

No me dejó discurrir por caminos habituales, por lo consabido de personalidad y falsa certidumbre; ríspida sicóloga, me inventó un porvenir que dependía de mis propias acciones reluctantes, en abandono de quien ya no quiere ser lo que es y dejaba, abandonaba. Pues uno ahí, nacía.

¿Digo año? Mas no lo sé de cierto. Un 90 cualquiera, más algún que otro paso inhábil; la religión que llaman afrocubana, y que llamo cubana pues en tal forma de conjunto sólo existe aquí (otras variantes regionales, Brasil por ejemplo, operan a su manera, con logros y traducciones nacionales), como decir que El Cantar de los Cantares se explique en décimas con laúd y bongó, aguardiente de caña y manteca de corojo, ¿es la  misma cosa? Me temo que ya no; esa combinación, en fin, había sido entonces  recién des-excomulgada oficialmente por motivos de unidad nacional, en este caso, léase folklórica.

En casa de santo tiene que haber de todo, se dice allí. Parte ínfima de ese todo, me encontraba con hombros contraídos y visión deshecha, con harapos de luz, en medio de un proceso ni largo ni difícil, tampoco expedito, de paso entre las prisiones de cuerpo y alma que dictan un devenir desde la mente (“Tu cabeza te salva, tu cabeza te hunde”), encontré la manera de encontrar —que todo poeta sabe desde el inicio, olvidándola a golpes de educación utilitaria: “el que busca encuentra”. Mas ¿qué es lo útil sino lo utilitario en ciernes? ¿Y viceversa? El yo se halla colocado un buen día en sitio accesible, preparando la leña para una cazuela donde comen variedad de yoes. Sobre la misma columna del ser y el no ser, se desarrolla un baile de posibilidades. Hay que aceptarlas o escaldarse, o escaldarse aceptándolas.

Viejo Mundo, Nuevo Mundo, clavo que saca a otro, de finca en finca ojo por ojo de la transmutación, y qué decir de los humanos sino que somos sentimental mimetismo. ¡Hasta cuando se mira a las estrellas!  

Los toques a Shangó duraban allí tres días. Este lugar no existe como remembranza, existe como resonancia. Sin embargo, no fue allí donde toqué el primer tambor de cuero —pues mesas, pupitres, latas y otros enseres sustentan la necesidad percutora— sino en Santiago de Cuba, adonde fui a parar en organizado tropelaje de “brigada cultural”, entendiendo cultura de ninguna otra manera definida que no fuera  la  “revolucionaria”.

Descendíamos del Pico Turquino —una década antes de los toques a Shangó, mejor dicho— cuando la ciudad en fiesta promulgaba unos carnavales que me parecieron, y me siguen pareciendo, verídicos. Carlos Augusto Alfonso era mi compañero de excursión y comparsa y, en la avenida, los tamboreros se traspasaban los tambores. Me tocó uno terminando el paseo, y al  salir de la corrida los depositamos en las casas originarias. Mimí, por cierto, era de Santiago pero lo suyo no eran los carnavales. Tocábanle a Shangó en el Vedado tres días de diciembre, y yo, sabiendo que ahí no habían casualidades, esperaba mi turno, camuflado entre bailadores.

(7)

Anatomía es una voz que se compone de dos acciones: cortar y ver, cortar para ver.

¿Para qué se corta, si no? La impresión suele gozar de mala fama si es subjetiva, de fama peor cuando el sujeto corta algo de sí, aun con delicadeza. Es “impresionante”.  Cuando corta la cabellera del que discrepa, camino del campamento militar adonde irá a para ser reformado en sus ideas, musita el barbero “Qué lastima”; ya en la plantación ( ¡la plantación! soberbia y descalabro de todos los empeños) arden las orejas por falta del pelito protector.

A todo ha de acostumbrarse el que discrepe: si el W, al decir de los nazis, os hará libres— como la Verdad según Jesús (Juan 8, 32)—, ¿qué decir del majaseo? Dícese del Arte Ambulatoria entre surcos, aperos, órdenes (a veces contradictorias) que lejos de frenarla la estimulan. Si el hacer es no solo posible sino obligatorio, es forzoso buscar la manera de no hacer. ¿No sería acaso la pereza, según Lafargue, la última razón y arma de lucha de la clase trabajadora?

Es posible también adquirir, en los campestres arrabales, una destilación doméstica (Chispa de Tren, Leche de Tigre, Espérame en el piso, entre otras denominaciones de origen incontrolable), para beberla en horarios laborales y realizar, en el centro de lo militaresco, un balance ancestral: tocar en las cajas vacías de tomate, en los tanques vacíos de agua un rústico guaguancó, entonar un cántico liberatorio,

                                                   Belinda, Belinda, Belinda va

                                                   Belinda va a la escuela con su mamá

cuando desaparecen los oficiales mandones, se esfuman los cooptados jefes de brigada, pues ellos también deben rendir, de algún modo, culto a la prédica de San Pablo Lafargue, desiste el orden, la cultura imperativa desaparece,

                                                   Belinda, Belinda tiene un traje

                                                       un traje bonito de camuflaje.

De eso se trata. Camuflaje. Oh, adaptación. Los guajiros amigos, esos que se supone debían vigilarme a pedido de la contrainteligencia militar, convidan a sus casas el fin de semana, para comer en familia (qué dos elementos fundamentales: comer y familia), montar a caballo en las guardarrayas; bañarse en las crecidas cañadas, donde rozo la cabeza de un catibo, o serpiente de agua. Que se escapa, eventualmente, yo también.

La escasez de intimidad genera una intimidad mayor. Cuando me decomisan los libros, guardo los Evangelios en los testículos, en un bolsita de hilo que me cosió mi madre, ¿es posible o deseable mayor intimidad con las sagradas escrituras? Reporto los títulos decomisados: Manuscritos económico-filosóficos de Marx, una antología de Gramsci y las Vidas de los filósofos ilustres de Diógenes Laercio.

Algo sumamente curioso y al mismo tiempo natural es que a veces los guajiros conviden también a trabajar: cultivo familiar de arroz, siembra, resiembra, desyerbe y cosecha. A mano, con las curvas cuchillas Made in China, luego a mano trillar, golpeando las gavillas contra tanques de 55 galones, los granos cayendo sobre sacos de yute. A la hora de la cena, Boliche, pater familias de Bacunagua, sentencia, “Ahora ya sabes de dónde sale este plato de arroz”. Y él mismo se tuerce su tabaco, y me enseña cómo se hace.

Salir de pase un día y no volver, decir “aquí estoy”, arma secreta del apalencado. No se trata de un fragmento específico en una vida, sino de una pieza en el período “especial” de una etnia.