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Lázaro vivía en las afueras de la ciudad, una de tantas, pues, ciudad, cuántos lados tienes. Bullía en su casa de familia, de árido patio, perro viejo y tres o cuatro arbustos, la paciencia de enseñar lo que sabía. Hombre mayor ya y cicatrizado, mas no anciano venerable. En edad laborable, chofer estatal.

Sostenía un espejo humeante y explicaré, no por antropología sino en lengua esteparia, lo que ello significa: paz al entorno y en el centro, vorágine. Guardián de prenda de Palo Monte, custodio de un azar sin dueño, Lázaro era y es hijo de Lázaro.

No dice de entrada lo que sabe, señala una cansina escalera de sueños. El poeta cree que es una materia más de la anciana poesía, habituado a la metáfora: coincidencia y disyuntiva de juicios. Pero Lázaro no juega a destiempo ni a deshora, ve la televisión, repara el auto que no es suyo, toma con calma el ron y la metáfora, y al final, como yo, como cualquiera, se embriaga y se acuesta.

Así, cuando derramo agua en su umbral, repara en ello y ríe “¿Artista?” Como que yo creyera que él no reparaba en lo que pudiera suceder en la puerta de casa, en el acto. Y conciencia del mismo.  Padrino, Tata Nkisi de un barrio llamado Las Cañas:

“Este tratado sí no te lo enseño”, me muestra la firma, el círculo de flechas en papel de estraza, con las manos embarradas de grasa de automóvil, o aceite de freír. Si lo veo chapear, con machete herrumbroso, piedras que crecen entre la yerba amarilla,

“¿Vas a sembrar ahí?”

“No, es para que el día de la fiesta de San Lázaro no tropiecen los bailadores.”

Igual, bailar Palo es como tropezar con lo invisible, pateando desde el fondo.

Un día, que empezaba la primavera, me notó impaciente. ¿Quién se apresuraba? ¿Yo o él? Me inició en Semana Santa: “No se debe, pero el Muerto dice que no hay mejor trabajo que sembrar en tierra prohibida”. Cada caso es una cosa y no hay ley que la funda. Su Muerto tiene cicatriz en el ojo de la vida, canta cuando tiene fatiga.

¿Detenerse, Tata? “Te voy a contar. Una vez quedé perdido en el llano, con carro y todo y tuve un sueño. Un sueño que desafiaba todo lo que era mío: La gozadera. Te digo que a veces es el cumplimiento lo que quiebra el hueso del hombre, pero es también el hueso del vivir”. Para variar, me dice “Siéntate”. Creí quería decir “asiéntate”, pero ya estaba asentado. Él comprendía que natura y meditación no son distintas, siempre encajar lo mismo en el hueso de las mismas cosas, lo diferente.

No le gustaba hablar de brujería.

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