A soldier is a serial killer

 

one wants to change the world instead of abandoning it

to wage revolution even if

it eventually turns into involution

a tourist in perpetual convolution

an ameba of change

a quantity how many revolutions

per minute

a soldier is a serial killer

a serial killer is a soldier of anomaly

incorporated (anomalink)

a priest, a certified persuader

a television of purpose & will:

divine or not divine, that is the purpose

of anomaly, the price of malice

the molasses of good: a player

is a serial hero

but is Venus really a porno star

as it aligns with the crescent moon

who’s the serial rejoicer

who’s the animal player of the star

military-soldiers-cognition

singing is a better exercise than swimming

which is the best exercise ever applied to the hydraulic condition of the human

it’s actually hard to sing underwater, so, who’s the amphibian

who’s the soldier in the constellation of rhythmos

in the session of Pathmos… whatever so as not to get formal

in an anomalink of language and its music.

As much as soldier, killer, pro hero porno star,

an anomalink is an intersection of human and debris

human debris, what a beautiful name! for any cosmic animal

except the unicorn.

Los maestros del pensamiento 3. Krishnamurti

Es un error presentar a Krishnamurti como maestro del pensamiento: se negó de manera consistente a ser considerado maestro y no creía que el pensamiento, por sí solo, fuese una herramienta fiable para transformar la conciencia. Incluso el verbo transformar le era ajeno porque no significa más que “cambiar de forma”, y lo que Krishnamurti planteaba era dejar atrás, de una vez y por todas, el condicionamiento mental, no remozarlo, perfeccionarlo o cambiarlo por otro tipo de condicionamiento.  

Sin embargo, su estudio del lugar que el pensamiento ocupa en la generación de condicionamientos vitales es magistral, funcional. Al mismo tiempo, la función de ese discurso —que podemos llamar didáctico— caracteriza a alguien que no quiere ser mero observador. “Voy sembrando, tanto en la buena como en la mala tierra. Algunas semillas dan flores, otras se marchitan y mueren. Es la vida”, dijo en 1984.

Krishnamurti distingue la “realidad” de la “verdad”. El pensamiento genera realidad, es realidad. Por otra parte, “el pensamiento no puede crear un tigre”.  Si el pensamiento es limitado, entonces una salida es dada por la intuición. “La intuición”, dice, “no tiene nada que ver con el pensamiento”. Si la intuición es tocada por el pensamiento entonces es parcial. El pensamiento es temporal, pertenece al pasado, “la intuición no es producto del tiempo”.

La ilusión es, pues, realidad mas no verdad. “La verdad solo existe cuando existe la percepción, no el perceptor”. Krishnamurti quita importancia al “yo” que quiere, que desea algo todo el tiempo, algo que llama “mi” o “mío” y vuelve la mirada al yo del amor. “El amor está fuera del cerebro”.

 

Un erotismo tan radical no puede vivir dentro de un sistema. Todos los sistemas son decadentes, comportan “un factor de deterioro”. Intentar disminuir el deterioro, o controlarlo o decorarlo, sin intentar abandonar el sistema, es fuente del condicionamiento. “Solo existe libertad cuando no hay niguna reacción condicionada”. Krishnamurti habla de un animal muy distinto del humano que conocemos, de un animal no terminado sino en formación. Sin embargo, esa formación no es gradual sino instantánea. Como el relámpago de Heráclito, la intuición del universo que nos rodea no depende del tiempo.

“El tiempo es enemigo del hombre”. Probablemente no hay nada más sistemático que el tiempo, que es un campo de condicionamientos. Uno de los más frecuentes es el de la parcialidad o gradualidad. Nada puede alcanzarse ni crearse sino por un proceso, digamos, evolutivo. Se expone aquí una fragmentaciòn del ser que se torna perenne, endémica a la propia especie y a su hábitat. Y cuando la vida se fragmenta, se especializa. Tal vez por eso pregunte Krishnamurti, “¿Qué les ha sucedido a los seres humanos que se han dejado dominar por los especialistas?”

krishnamurti

Por ejemplo, el humanitarismo  es una especializaciòn dentro del sistema, dedicada a preservarlo, no a erradicarlo. Es como mejorar la esclavitud en vez de abolirla. “La única posibilidad es liberar al cerebro humano del condicionamiento”. No parcialmente: “ser completamente libres”. Libres de condicionamientos, se entiende, lo cual implica ser libre del condicionamiento de la libertad.

 

La meditación es, para Krishnamurti, el umbral, la puerta y el espacio de lo incondicionado. No hay método para entrar o salir. La meditación, asì como no está sujeta a un “cuándo”, tampoco está sujeta a un “cómo”. Mucho menos a un propósito. No es el reverso del mundo utilitario, porque entonces estaría sujeto a él. Es, para utilizar el título de Castaneda, una realidad aparte. Sin provecho.

Los maestros del pensamiento. 2

Carlos Castaneda. Una realidad aparte, 1974. Traducción de Juan Tovar.

 A partir del encuentro de Carlos Castaneda con Don Juan Matus, en una estación de buses de Sonora, la saga se desarrolla de manera quijotesca. Castaneda-Sancho pretende aferrar la realidad mediante algunos “hechos” tangibles, acompañados de sus respectivas explicaciones, no menos sólidas. Don Juan-Quijote –un anciano a quien otros indios yaquis consideran decrépito y trastornado por el peyote–, le propone afrontar lo que llama “el mundo”, con un golpe de voluntad asentado en una percepción tal de lo que ocurre que la razón no pueda sobornarla con sus habituales trampas y esquemas.

Cuando Don Juan le espeta, “¿A poco crees que conoces el mundo?”, Castaneda responde con la seguridad de un enciclopedista del XVIII: “Conozco de todo”. Así comienza esta controversia o tensión entre el saber acumulado y fragmentado en cuadrículas que llamamos “conocimiento” y un no-saber sabiendo que abre las puertas de la percepción. Pensar con el cuerpo (y no solo con esa exigua parte de la mente con la que pensamos) y poner en juego los ardides de la percepción ante un razonamiento demasiado lento y pesado respecto a lo imponderable, estas parecen ser las estrategias básicas de Don Juan, el “indio excéntrico”.

Pensar con el cuerpo es, desde luego, una metáfora. Lo que el cuerpo hace no es “pensar”, analizar, en la manera discursiva y utilitaria de nuestra relación verbal, palabrera con la realidad. Por eso el encuentro del viejo estrafalario con el antropólogo cuerdo reviste importancia singular. Sin embargo, uno de los temas cruciales de esta enseñanza es el de la pérdida de la importancia. En especial de aquella que Don Juan llama “la importancia personal”, un fardo que no conviene acarrear en semejantes aventuras.  Naturalmente, a partir del cuestionamiento –no teórico sino formulado a partir del propio cuerpo– de la importancia personal, el concepto mismo de importancia se viene abajo. A veces, ruidosamente. El peo de un brujo puede estremecer los montes y con un sonido similar al trueno. Todo lo que le alcanza a la antropología  es recurrir al sentido común de la percepción, que no cuadra al evento, o a las explicaciones verbales, que tampoco son de utilidad.

Una realidad aparte_Carlos Castaneda

Los sentidos son puestos a prueba de manera metódica por Don Juan; no à la Pavlov, desde luego, porque los investigadores son, en realidad, el objeto mismo de investigación. No hay brecha para que penetre el intelecto a brindar conclusiones; hay que tomar lo que se percibe, percibir lo que se toma, tal cual, prescindiendo de la perspectiva bueno-malo. Cuando Castaneda protesta, Don Juan concluye, “No hay otra manera de vivir”.

Pocas narraciones hay, al menos del siglo pasado, tan generosas en técnicas para el auto-conocimiento. Da lo mismo que se trate de una novela (como El Quijote) o de un libro de auto-ayuda, la cuestión es poner las técnicas en práctica, en la vida cotidiana. Como dice el viejo Don Juan, no hay otra manera de vivir.

La cuestión de si Don Juan es un personaje real, o un compendio de estos conformado literariamente por Castaneda, resulta ociosa. Don Juan es tan real como Don Quijote y ambos son tan reales como Cristo o Buda. Todos proponen una manera de vivir desafiante y concreta; y todos, de alguna manera, fueron a parar al libro. Al encierro de las palabras. Cuando se saca al dragón de la biblioteca, para decirlo al modo de Lezama, suceden cosas extraordinarias que volverán a ser contadas en libros.

Hay un sinnúmero de métodos para trabajar con la importancia personal, podemos hallarlos en el Sutra de la Gran Sabiduria o en  Karate Kid. Cuando decido afrontar mi importancia personal, en el modo en que quiera afrontarla, hay la raíz de un método. ¿Quiero observarla, controlarla o abolirla, disminuirla o transformarla? Don Juan hace énfasis en el reconocimiento de su mera existencia: hasta que Castaneda no admita que está inflado de importancia personal, no hay trabajo posible. Tras cauta ausencia, Castaneda vuelve y Don Juan le espeta, “Estas demasiado gordo”.

Las técnicas adquieren carácter secundario ante la preponderancia de admitir lo que se es, donde se está. La técnica es un congelamiento de una secuencia vital. Ser y estar, aquí y ahora, es un método más flexible que, al mismo tiempo, presenta menos asideros a la intervención de la mente. Desde luego, el concepto de mente no toma parte en esta aventura; si bien la propia idea de perder importancia personal es un atisbo hacia un cierto tipo de trabajo sicológico, una poda mental, Don Juan no pierde tiempo en fenomenologías. Hay que ir al grano del “ver” y del “saber”.

En una de las pocas escenas pueblerinas de la saga, Don Juan es confrontado por un grupo de sus congéneres que le consideran un brujo un poco chalado por el peyote: ¿“Qué carajo hay que saber?”, dice uno. “Llevo años oyéndote decir que tenemos que saber. ¿Qué cosa tenemos que saber?”. Teatralmente, Don Juan (o Castaneda), dispone la homilía tolteca en medio de unos locales que ponen en duda su sabiduría, por no decir la sabiduría, con la doble intención de acicatear a la dormida comunidad de yaquis –que ha abandonado sus creencias ancestrales a cambio del consuelo que le brindan los santicos católicos– con la presencia del neófito extranjero, es decir, Castaneda; por otra parte, pone a prueba el discernimiento del neófito en un simposio indígena acerca de las bondades, o defectos, del peyote y en el cual, a falta de este, se consumen varias botellas de aguardiente.

Esta sola escena nos presenta dos de los temas cruciales del libro, ambos de los cuales giran alrededor de la transmisión del conocimiento: el uso de las drogas y la pertinencia de la oralidad. Don Juan, que desaprueba el alcohol, o baste decir que no lo prueba, inicia, no obstante, a Castaneda en la utilización del “humito” (Psylocibes), el toloache ( Datura inoxia) y el peyote o “mescalito” (Lophophora Williamsii). En el coloquio de marras, Don Juan traza una línea pragmática –no teórica– entre el terreno donde coexisten saber y drogas psicotrópicas y la vida común donde el trabajo esclavizante es compensado con alcohol y santicos.

En cuanto a los efectos de las mencionadas sustancias, Castaneda precisa que “no eran alucinaciones sino aspectos concretos, aunque no comunes, de la realidad de la vida cotidiana”. Es decir, alucinógenos que no alucinan sino que permiten “ver” aspectos in-notados de la realidad tal como es.

La parte teatral, dialógica, de esta enseñanza queda bien expresada por Castaneda en las páginas iniciales:

“Cada sección que he puesto como capítulo, fue una sesión con Don Juan. Por regla general,  él siempre concluía cada una de nuestras sesiones con una nota abrupta; así, el tono dramático del final de cada capítulo no es un recurso literario de mi cosecha: era un recurso propio de la tradición oral de Don Juan. Parecía ser un recurso mnemotécnico que me ayudaba a retener la cualidad dramática y la importancia de las lecciones”.

Es este un ardid para la transmisión de la sabiduría que a veces aparece –y con frecuencia desaparece– en los libros y que convierte la saga de Don Juan en una experiencia literaria singular, sobre todo si la miramos desde la perspectiva de Colli en su análisis del origen de la filosofía en tanto que muerte de la sabiduría y en el papel que, según el pensador italiano, jugaba en la antigüedad la transmisión oral como determinante del peso mismo de lo transmitido: hay cosas que solo pueden hablarse, escribirlas es doblegarlas.

Desde luego que esta es afirmación muy contradictoria cuando, justamente, se habla de un libro. Mas es esta una contradicción que está presente en el hecho mismo del transmitir. “Por primera vez en mi vida”, dice Castaneda al final de esta historia, “sentí el peso gravoso de mi razón”.  Pues la razón, como la literatura, es al mismo tiempo vía, vehículo y obstáculo.

Los maestros del pensamiento. 1

Giorgio Colli, El nacimiento de la filosofía, 1975.

Giorgio_Colli_Nacimiento_de_la_filosofíaLa razón por la que decido comenzar por el libro de Colli no es que así podremos iniciar un tránsito lineal desde la antigüedad helénica hasta nuestros días. En realidad, con respecto a la “evolución” del pensamiento y el papel que en ella juega la sabiduría (y he ahí uno de los elementos cruciales en el texto de Giorgio Colli), la idea de tránsito lineal no es más que eso: una idea, es más, un hecho imaginario, una fantasía. Una de las preguntas claves que podemos hacernos es si, a diferencia de la filosofía, la sabiduría puede ser creada, generada deliberadamente o si más bien nos ocurre, nos acontece una vez que hemos llegado (y esto sí obedece a un acto voluntario) a un terreno fértil para tal acontecimiento.

Si bien es cierto que podemos “hacer” filosofía, que la filosofía es incluso una carrera (académica, profesional, literaria), no ocurre, y no es tan obvio, lo mismo con la sabiduría. Aun cuando la frase “te presento a Fulano, es filósofo” no deja de ser sorprendente y siempre me ha producido íntimo asombro, el que alguien nos diga “Hola, soy sabio” o “Me gradué de sabiduría comparada en la Universidad de tal y cual” pertenece al terreno de la ya mencionada fantasía.

Por ello esa ha de ser una de las preguntas fundamentales en esta serie de artículos. ¿Generamos, buscamos, encontramos sabiduría o es ella quien nos genera y encuentra? No pretendo tomar partido sino insistir en la pregunta. En este sentido, no he encontrado el libro de Colli,  son el libro de Colli o incluso Colli los que me ha encontrado. Estando en casa de la amiga Idalia Morejón en Sao Paulo, incurriendo en el hábito de revisar libros, encontré el de Agamben El fin del poema; al pedírselo, Idalia me respondió que aún lo leía y me propuso, a cambio, el de Colli. Podía haberlo rechazado, miles de libros pasan por nuestras manos y ante nuestros ojos, la vida de un escritor está asediada por ellos. Una forma de salvar ese asedio es el golpe de vista –entrenado, justamente, durante una vida de asedio libresco– que nos permite reconocer en un vislumbre la presencia de la sabiduría. Algo así como el pequeño satori del lector.

Sirva, pues, este elemento, acaso, para ayudar a sustentar la tesis de que la sabiduría, cuyo hábitat natural es el azar, nos acontece.

se estamos perdidos

melhor não andarmos tão depressa

que acompaño de otro verso, anónimo, que me encontré en un muro, andando por las calles de Sao Paulo:

las mejores cosas de la vida

no son cosas

Volviendo entonces a El nacimiento de la filosofía, hallamos que Colli –y antes que él, su ilustre antepasado Platón– distingue entre la transmisión oral de la sabiduría y la filosofía como forma literaria. Del dialogo con el oráculo al dialogo filosófico se extiende un intento por fijar la verdad, encajar el devenir en una fórmula cuya magia está en letras y ya no en el aliento.

El señor cuyo oráculo está en Delfos, no oculta ni afirma, significa, dice Heráclito. Platón, en cambio, se siente obligado a llamar la atención sobre la ingenuidad, así la llama Colli, de ver la escritura como un refugio infalible (algo así como un Banco de las Ideas).

“Ningún hombre sensato osará confiar sus pensamientos filosóficos a los discursos y, menos aun a discursos inmóviles como son los escritos con letras”, Platón dixit,  en la Séptima Carta.

 

Traza, pues, Giorgio Colli, una línea de tensión descendente en lo que respecta al logos: del encuentro, ante el enigma, del aliento de Apolo y Dionisos y la estupefacta atención de nuestros antepasados, a la pragmática sujeción (y sucesión) de discursos inmóviles. De todas las variantes posibles del logos, se prefiere, por fiable, aquella que se paraliza para dejarse atrapar. Se relegan, entre otras puertas, las de la percepción, para decirlo a la Huxley. No en balde Colli apresta su estudio con el siguiente pórtico,

… el rey templo,

Apolo el avieso,

capta la visión

a través del más directo de los confidentes,

la mirada.

Parecería escuchar a los poetas náhuatl, o a Dylan Thomas cuando refería que la poesía moderna es la historia de la muerte del oído. Podría decirse que al distanciarse en demasía la fuente oral –que es, insisto, la del aliento directo–, el conocimiento se desafina, termina por callar. Solo quedan notaciones, partituras, acaso, de una música olvidada escrita para un instrumento arcaico: el pensamiento. Colli concluye El nacimiento de la filosofía precisando que,

“lo que nos interesaba sugerir es que lo que precede a la filosofía, el tronco para

el cual la tradición usa el nombre de “sabiduría” y del cual sale ese vástago pronto

atrofiado, es para nosotros, remotísimos descendientes –de acuerdo con una

inversión paradójica de los tiempos– más vital que la propia filosofía”.

Parece quedar claro aquí que la línea que va de Sofía a Filosofía no es cronológica, de un punto A más vital a uno B menos vital, sino que indica un desvío –un shortcut, tal vez incluso un corto circuito– en el campo vibratorio o espacio del pensar. Ahora bien, ¿qué es pensamiento para un presocrático, digamos Heráclito? Logos, desde luego, mas ¿qué es logos en tanto que faena (W) del pensar? Envíen sus respuestas y a vuelta de correo les regalaremos un verso de Heráclito, uno de sus greatest hits, por ejemplo “Caos, magnifico orden” o, incluso, un apócrifo heracliteano del siglo XXI.

Motivos para escribir

Hace días, y años, que me pregunto cuáles son mis verdaderos motivos para escribir; la pregunta no ha de quedarse en lo general. “Mis” en vez de “los”, pues la experiencia individual, llámese subjetiva, cuenta. Pueden interesarme los motivos de Shakespeare, Esquilo, un amigo que escribe poemas o un marino que escribe un diario de navegación, pero son, en definitiva, mis motivos los determinantes si aspiro a la precisión.

Ser o no ser se acota en “soy o no soy” y para qué escribo. Una mirada a las reglas de composición, las que reciben los niños en la escuela, nos dice que conviene hacerse las siguientes preguntas:

  1. Sobre qué voy a escribir.
  2. Qué sé sobre el tema.
  3. Para qué y por qué voy a escribir.
  4. Qué tipo de texto.
  5. A quién le escribo.

Este no es un modelo genérico. Mejor dicho, desde luego que lo es; sucede además que lo he copiado de un mural de un aula de 5to grado, en la que me encontraba apenas ayer, a esta misma hora, en medio de una reunión de padres. En un momento de distracción voluntaria vi la lista colgada en la pared. ¿Sobre qué voy a escribir? Si voy a hacerlo acerca de la propia reunión de padres, no puedo dejar de comenzar proponiendo que a estos encuentros se les llame reuniones de madres y padres; no por feminismo ni political correctness sino por la sencilla obediencia a la proporción de “1 padre cada 10 madres” que prima en estos congresos de baja intensidad. Aunque, si bien recuerdo, la intensidad crecía al tocarse temas como el almuerzo y el transporte con que cuentan niños y profesores para desempeñar sus labores cotidianas.

Una de esas labores es la llamada “tarea”. Este sí es un tema sobre el que me interesa escribir; las reuniones, en sí y como tema, son un ejercicio de empantanamiento. Algún poeta anónimo bautizó estas situaciones como “la piscina de leche condensada”; estoy de acuerdo y propondría una materia menos dulce; por ejemplo, fango. Es exacto que experimentamos la sensación de nadar en una piscina de fango, cuya superficie es espejo del resto de la realidad. ¿Espejo de paciencia? Ya se verá.

Prefiero hablar de la tarea; en cuanto a la pregunta “qué se sobre el tema”, podría decir, todo. Al menos todo lo necesario. La tarea tiene uno de sus orígenes en la maldición pronunciada a las puertas (de salida) del Edén: ganarás el pan con el sudor de tu frente… Desde aquel entonces se da por sentado que todo lo que tiene un valor —lo necesario y lo agradable— es obtenido solo mediante esfuerzo.

Es el caso, en la educación infantil, que la ley del esfuerzo-valor llegue a cegar de tal modo a los educadores que a los niños se les entrena en el esfuerzo por el esfuerzo mismo. No en balde la maldición tiene origen divino. La tarea hay que hacerla, poco importa que el niño se haya levantado a las seis de la mañana, que regrese a su casa doce horas después para bañarse, comer y acostarse, levantarse y repetir la rutina cinco días por semana. ¿No les recuerda la jornada de un obrero, la vida de un trabajador adulto? De eso se trata: la tarea no cumple función educativa alguna respecto a la adquisición de conocimiento, pues el individuo cansado, en especial un niño, tiene dificultades para concentrarse.

Esto lo saben bien profesores y pedagogos. Vaya si lo saben. Lo sabrían aun si hubieran borrado de sus neuronas todo recuerdo de su propia infancia,  pues la relación esfuerzo-concentración forma parte de su experiencia profesional diaria, en tanto trabajadores y, sobre todo, en tanto formadores de futuros trabajadores. Para los cuales será crucial haber comprendido que el esfuerzo es divino, aunque no tenga sentido.

Ahora bien, para qué y por qué voy a escribir, si es que no sobra una pregunta: la razón de ser ¿equivale a un objetivo? ¿No se escribe solo por escribir? ¿Cuál es entonces la tarea de escribir? Y ¿por qué me impongo escribir acerca de la tarea escolar? ¿Y qué tipo de texto?

Súbitamente se aclara el hecho de que el tipo de texto sirve de eje, o bisagra, entre las motivaciones para escribir y el destinatario del pentálogo, último punto de lo escrito.

“Quiero escribir pero me sale espuma”, no solo es un verso contundente sino que también nos coloca en el punto donde se reúnen el impulso, la sustancia, alquimia diríase, y su resultado. La tarea de Vallejo es conmovedora porque toca en lo profundo a quien tiene algo que decir y se cuestiona si, una vez dicho, alguien lo comprenderá. Obvio es que responder con espuma, así sea de Vallejo, a la interrogante que todos los niños se hacen en casa acerca del por qué y para qué de la tarea, no será suficiente. De ahí que, prudentemente, decida que el tipo de texto no será un poema, ni Vallejo su destinatario.

Vallejo, en todo caso, no habría necesitado que lo persuadieran acerca de lo absurdo de la tarea escolar, eso que en inglés llaman homework. Home, work, nunca mejor dicho. Tampoco será necesario convencer al lector con un artículo de corte científico, pleno de estadísticas, datos, mediciones que demuestren, o al menos muestren, que la concentración puede decrecer a medida que el esfuerzo aumenta pues la concentración no es únicamente volitiva, no depende solo de la voluntad. No podemos concentrarnos solo a partir de una orden porque la concentración es también, diría sobre todo, electiva.

Quizás me equivoque, quizás esto es justamente lo que profesores y progenitores necesiten, esa cifra final que diga que los niños no son esas máquinas de aprender que, poéticamente hablando, llamamos “arcilla en nuestras manos”. Sí, a veces hasta el mecanismo poético no genera otra cosa que basura cuando no da en el clavo de lo real. No son arcilla, son seres vivos. Como esos caballos que recorren las avenidas a medianoche cargados con un carricoche lleno de turistas, tras haber hecho lo mismo todo el día. Llevan orejeras para no desconcentrarse y al final del día su tarea es comer y dormir. No, nuestros niños no son como esos caballos que desfilan en representación de la “naturaleza” por las calles ávidas de pintoresquismo. ¿O sí?

Quiero escribir pero me sale una espuma, lo siento, oscura. Oscura como esta jerigonza: si el motivo para escribir no es distinto de la finalidad de la vida, cómo escribir sin tener la propia vida por finalidad. Queda entonces la posibilidad de escribirles directamente a los niños acerca de estas cosas, del caballo y el hombre, del carro que no va a ninguna parte sino que da vueltas, lleno de luces como tiovivo; de la tierra que también gira según un principio ignoto, inmemorial, del ave y el grillo que cantan… y no fueron a la escuela.

Temo hacer esa clase de filosofía que, por arremeter contra la ignorancia, se confunda con ella y confunda. Entonces, ¿callar? Las cosas son como son, han sido como siempre han sido y serán como serán. ¿Es esta sabiduría que pueda legarse a los niños? ¿Es esta la tarea del que escribe y la tarea del que lee?

(Del libro inédito Agua en canasta)

Datos para una religión nueva

Dicen que religión significó el acto de reunir. Si no comprendo mal a Sócrates, así como filosofía es amor de lo que no se tiene (sabiduría), se reúne aquello que no ha de estar separado. Por qué tantos siglos de religión no logran cumplir ese cometido es cuestión otra, solo que al leer La selva interna del biólogo Alfonso Silva Lee[1] me pregunto si el tema del libro, y de toda nuestra existencia, es el cortocircuito que separa dos canales de realidad: el bios, vida, y el logos.

No traduciré logos sino invitaré a los lectores a hacerlo; es un desafío abierto hace varios miles de años.

La creencia juega en la ciencia un papel determinante, no menor que el que pueda jugar en una religión. No en balde vemos la frase se cree estampada en las páginas de los textos científicos. El texto que esta vez nos ocupa no es excepción; no es mérito pequeño de La selva interna mostrar algunas de las creencias actuales de la ciencia respecto a nuestra condición biológica. Se cree, por ejemplo, que

—La largura de nuestra nariz no obedece a la necesidad de percibir mejor el perfume de las rosas ni mucho menos para sostener las gafas, sino que nuestros antepasados, en las sabanas de África, desarrollaron el apéndice nasal para capturar la mayor humedad posible en esas tórridas condiciones.

—Se cree que nuestra dentadura espectacularmente esmaltada se debe a la decisión de comer tubérculos y raíces en tiempos de penuria que exigieron un cambio de dieta.

—Se cree que los varones de la especie humana descubrieron el habla en el intento de conquistar a las hembras.

—Se cree que los Neandertales cantaban en frases, pero sin letra.

Quién sabe si fue la falta de letra en sus canciones lo que determinó su extinción, también se cree que fueron aniquilados porque no practicaban la división entre machos guerreros nómadas y hembras domésticas sedentarias, sino que mujeres y hombres luchaban y cazaban juntos. Creo que esta manera de desaparecer es mejor que la que nos espera.

Por último diré, y no porque sea la última de las numerosas creencias recogidas en el libro de Silva, que se cree que la placenta fue inventada “por ciertos reptiles” con el fin de proteger el feto, hace 300 millones de años.

Ya por estos y otros muchos datos refrescantes, que aligeran nuestro cerebro de la pesada exclusividad humana, nos vemos en la grata obligación de saludar el libro de Alfonso Silva, pues ciertas cifras son más elocuentes que las cotizaciones de la bolsa, el precio del petróleo, los votos del candidato republicano o los goles de Leo Messi. Al menos en lo que respecta a nuestra condición biológica, que no es otra cosa que decir, nuestra vida.

Otras informaciones logran alcanzar una dimensión de proverbio, por ejemplo:

—El pene del gorila mide seis centímetros, pero ni el leopardo se atreve a atacarlo.

—El gorila, por otra parte, cumple muy bien sus funciones reproductivas.

Otro proverbio, “en la carrera entre la comprensión y las leyendas siempre ha de triunfar el entendimiento”.

Aquí me quedo curiosa. ¿Una carrera? Cómo no pensar en Aquiles y la tortuga? Mas… ¿cuál carrera? ¿Hacia adónde? ¿Es la comprensión la veloz perdedora que corre más que la leyenda o, como la tortuga, la lenta vencedora de la carrera? Mas… ¿cuál carrera? ¿Hacia adónde?

Sin dudas, la idea de finalidad, como propulsora de nuestros actos, ha llegado a ser para la mente humana más contaminante que un derrame de petróleo en el océano. La noción, basada en una creencia como cualquier otra, de que es la finalidad lo que constituye “el sentido” de la vida no tiene ningún sentido, a menos que tal sentido se vea guiado por señales, y policías, de tránsito.

No que la ciencia y la religión no se hayan empeñado en velar la realidad con obstinados elementos que nos conducen a un callejón sin salida. Pero ¿bastaría acaso una pregunta para salvar la mutua, profunda inconexión? En ese logos, ese que aparece prendido a la biología, la sicología, la filología, ¿cómo separar la inteligencia de la imaginación?

Cada ser humano revive en su concepción y crecimiento el tránsito de millones de experiencias animales, sin las cuales no sería lo que es ni tendría el potencial para llegar a ser sí mismo, criatura soberana. Ese potencial animal de amor a la vida y goce de comprenderla existiendo no se agota en la neo-corteza cerebral, el bebé que come tierra no comprende menos la vida que el filósofo que come libros.

Estos pensamientos, o creencias, me son suscitados por la fuerza sutil y amena de este Libro de la selva, y cuando su autor, vaya coincidencia, también de apellido “selva” llama “nuestros primos” a otros miembros de la animalidad, siento sosiego y entonces me interrogo ¿Y quiénes son los tíos? ¿Es que hay un origen paralelo al nuestro? ¿Es que hay una fuente junto a la nuestra pero separada de ella?  Yo los llamaría hermanos.

Vista la sucesión de escamas, pieles, plumas, pelos y señales, queda por definir el ropaje interior de la bestia. El propio autor señala que “nadie tiene la menor idea acerca de cómo piensa una mosca, una serpiente, un murciélago”; nos presta gran servicio al admitirlo porque, en verdad, tampoco se sabe mucho acerca de por qué, si pensamos, pensamos en lanzar dos bombas atómicas, una detrás de la otra, y pensamos en cobrar dinero por servicios de salud y educación y no pensamos en proteger la vida sino en “salvar la economía” o “sanear las finanzas” o “salvaguardar los principios”.

También Silva nos presta una hipótesis, para adentrarnos en esta selva oscura a medio camino entre la vida y eso otro que no lo es, y es que se cree que hay “una relación inextricable entre la caza, la vida en grupo, la buena alimentación y el desarrollo de la inteligencia”.

Llevado a nuestra actualidad, significaría que unirnos de manera armónica para definir y  alcanzar los objetivos de la tribu, mientras gozamos de una dieta balanceada, pudiera activar esa bomba de tiempo que es la inteligencia. ¿Un segundo Big Bang? Pues no, cuenta Silva que la invención de la aguja de coser significó un salto mental y cultural hace unos 35.000 años.

Encontrar ahora la aguja de la inteligencia en el pajar de la inteligencia tendría un impacto similar; así como la inventora de la aguja tuvo, según Silva, la relevancia de un Einstein o de un Aristóteles, podríamos ser las mujeres las llamadas a realizar el hallazgo, pues superamos al hombre, no solo en las habilidades verbales y sociales y en el control de los impulsos sexuales, sino también, precisamente,  en la memoria para la ubicación de objetos.

A fin de cuentas, los varones pasan la mayor parte de su tiempo en organizar eso que el biólogo llama “dinámica coreografía”, cuyo atávico fin parece ser, al igual que en el resto del mundo natural, seducir féminas. Hace unos días, se le escuchó decir en la televisión a un cantautor: “Que nadie se engañe, todos empezamos a hacer canciones para conquistar a las muchachitas”. Hay sin embargo elementos mucho menos inocuos que las canciones de amor imbricados en esa “dinámica coreografía” que es la testosterónica sociedad humana de hoy.

Y uno de ellos es, sin dudas, el que se expresa en la vetusta idea de que sin competencia no hay desarrollo. Vayan los primates a despiojar la mente en las páginas de La selva interna y verán cómo a la naturaleza le sobran recursos para sustentar una infinidad de leyes y principios. No sólo con antagonismos se teje un universo.

[1] Alfonso Silva Lee, La selva interna, Editorial Científico-Técnica, La Habana, 2011,  355 páginas.

(Del libro inédito Agua en canasta)

 

¿Cómo y por qué desenterramos a Antígona?

 

Esa mina de coincidencias que es la vida quiso hace algún tiempo que a la vez que en La Habana tenían lugar dos, bien diferentes, puestas en escena del clásico de Sófocles, llegara a mis manos Antigo Nick, una reciente versión inglesa de Anne Carson, a cargo de la influyente editorial neoyorquina New Directions.

De las dos incursiones habaneras en el tema helénico, la primera lo abordaba de manera más bien tradicional, si tenemos en cuenta que a estas alturas del teatro es tradición modificar los textos originales y realizar toda suerte de aportaciones a la visualidad y sonoridad de la pieza; las puestas arqueológicas son, pues, de una rareza casi transgresora.

La segunda, con el título de Antigonón, un contingente épico, ofrecida como “work in progress”, intentaba, más que una relectura, un procedimiento que llamaré de impostura mítica. Una regeneración tragicómica de la fábula, diríase,  “a lo cubano”, con temas y figuraciones locales que surgen del tronco primigenio como espinosas y también floridas ramas.

¿Cuál  es entonces la raíz de la historia? Digo historia con deliberada ambivalencia, dado que nuestras relaciones con la muerte y los antepasados forman parte de una milenaria, si se quiere caduca, cultura de la existencia. Me sirvo, en aras de contar el cuento, de la versión de Anne Carson, que para algo ha de haber llegado hasta aquí; una versión que algunos no vacilarían en llamar postmoderna.

Antígona, que ha visto morir a dos de sus hermanos, uno en defensa de la ciudad y el otro en ofensa, se encuentra con la prohibición terminante de dar sepultura al hermano ofensor. Esta prohibición es dos veces real, pues es escandalosamente concreta y porque emana de la máxima autoridad: Kreon, Rey de Tebas.

Ante tamaño desafuero que ve quebrantadas humanas y divinas leyes por la intervención de ese humano dios que es el Poder, Antígona resuelve enterrar al hermano caído, y en desgracia, lo cual implica desafiar  a la autoridad ante la general pasividad de los ciudadanos, perdón, súbditos. Y lo hace no sin antes tener con su hermana el siguiente diálogo,

Antígona: Comenzamos en la oscuridad y el nacimiento es nuestra muerte.

Ismene: ¿Quién dijo eso?

Antígona: Hegel.

Ismene: Parece Beckett.

Antígona: Él estaba parafraseando a Hegel.

Y con el rey la siguiente polémica,

Kreon: Eres la única en Tebas que ve las cosas de esa manera, ¿no? Eres autónoma autárquica autodidáctica autodoméstica autoempática autoterapéutica autohistórica autometafórica autoerótica y autoconvencida.

Antígona: En realidad no. Todos piensan como yo, pero tú les has clavado la lengua al piso.

El resto es previsible: Antígona debe morir y esa muerte desencadena otras y (para el rey) imprevisibles muertes, hasta que las muertes pasadas y futuras se enlacen con las presentes, formando ese círculo de apariencia inexorable que hoy día llamamos, en desacertado eufemismo, cultura de la violencia.

He ahí donde calza la rueda de la costumbre, como una cuña de ironías, el contingente del Antigonón; escrito por Rogelio Orizondo y dirigido por Carlos Díaz con la destreza de costumbre (y más contención que de costumbre), el espectáculo presentado por Teatro El Público pasa por ejercicio de actuación cívica no menos que escénica.

Dos actrices, a quienes presenta un efebo sarcástico, van deshojando un ramillete de clichés verbales y gestuales, de sobreentendidos y malentendidos en esa ciencia social que es la vida cotidiana, enmarcada en una trama de creencias que se viene abajo entre guerras y correos electrónicos.

¿Teatro antropológico? Si tal cosa existe y no es redundancia. Mas despojado de esa disciplinaria pesadilla auto-referencial que, a fines del siglo pasado, llegara a convertir la escena teatral en circo para entendidos. Los laboratorios, por revolucionarios que sean, terminan siendo, como el inodoro de Duchamp, no más que lo que son. Así que el Antigonón vuelve al bufo sin falsas insolencias y empapado, como diría Manuel Corona, de encanto juvenil.

Claro está, no puede tratarse tampoco en este caso de un bufo arqueológico, sino de un nuevo bufo donde se juega a la multiplicidad de tipos y arquetipos, donde se cruzan los géneros y se desatan las obsoletas uniones de expresión y sentido. Es entonces que a esta espectadora se le ocurre inquirir si la cultura es estructura o hallazgo, si la tiranía de las leyes, humanas  y divinas, locales y globales y, en fin teatrales, no se deshace sino ante lo imperioso de generar, con preguntas nuevas, nueva vida.

(Del libro inédito Agua en canasta)